Rdmunhoz’s Blog

Casa de citas

La Maroma

Suben Francis y Juani por el camino. Abre los brazos el primero, y esboza una sonrisa de alivio. Juani apenas puede desembarazarse de la carga soportada. Próximos a ellos, dejo a Iván en el suelo. Lo coge su tío Francis, ansioso por darle calor. Iván apenas podía andar, dolorido como estaba por las hondas rozaduras de las botas.

-Perdóname, Juani. Perdóname –le digo a mi primo, y le cojo la cara con las dos manos para decirle a los ojos: “Perdóname, Juani”.

Nos asaltan las lágrimas a los dos. Son de cansancio y de desahogo. Son de felicidad contenida. La noche empezó pronto y fue larga, muy larga. Atrás quedaba el vaho de la escarcha en la mañana del día anterior y los triángulos de cristal en los charcos de El Robledal. Más abajo dimos unas voces que debieron alegrar al Migue. Aún teníamos que anunciar el reencuentro a quienes tanto habían sufrido esas horas sin tiempo.

Acababa de amanecer. Apenas despuntó el día y los árboles dejaron de ser sombras en derredor nos pusimos de pie e hicimos por calentar músculos y articulaciones. Comimos algo: Iván, la fruta en almíbar que restaba; Juan Jesús y yo, unas pasas y unas almendras. Pocas, como por la noche. Teníamos que seguir racionándolas. Bebimos algo y nos pusimos en marcha. Nada más empezar a bajar el cerro entre pinos vimos un camino a la izquierda. Nos resultó familiar. Enseguida intuimos que era el camino de regreso. Enseguida comprobamos que estábamos en lo cierto. No recuerdo si volvimos a ver la sierra del Veleta y el Mulhacén, pero era evidente que caminábamos de regreso por donde veintitrés horas antes iniciamos el ascenso a la cumbre en que se empinan Málaga y Granada.

Fue tras el almuerzo cuando se nos desdibujó el camino bajo los pies. Era buena hora, sobre las tres de la tarde, quizás antes. Juan Jesús aún quiso hacerse alguna foto, pero el objetivo pasaba a ser otro. Tras de subir y bajar algunas lomas, era palmario que no sabíamos dónde estábamos. Ni la orientación por el sol ni Sierra Nevada como referencia nos ayudaron a dar por seguro el regreso. Había que bajar al río, a uno de los ríos. Las sierras Almijara y Tejeda se demostraron tan extensas como inabarcables, y sólo el curso del agua entre rocas y zarzas parecía conducir a algún sitio. Juan Jesús iba abriendo camino, deshaciéndolo en ocasiones.

Por fortuna, no se nos mojaron las botas en ningún momento. Pero la humedad comenzó a trepar laderas arriba, y era tan evidente que no veíamos signos de civilización como que la tarde declinaba en nuestro perjuicio. Optamos entonces por volver a subir, no sin antes llenar las botellas con el agua fría que serpenteaba. El cerro tenía la pendiente pronunciada y la humedad embarraba nuestro paso, pero ascendimos sin mucha dificultad. Arriba aguardaban dos cabras montesas. Nada más en el horizonte. Árboles, matorrales, rocas y valles entre montañas. El sol se ponía al otro lado del arroyo que habíamos bajado. Aquella debía ser la zona por donde iniciamos por la mañana la ascención. En todo caso, era la dirección en la que ganábamos horas al día.

Bajamos de nuevo al río, ahora desplazándonos hacia el noroeste, en diagonal por la ladera. Lo cruzamos e iniciamos un nuevo ascenso. Tenía la esperanza de que fuera el último esfuerzo, pero también había asumido que nuestra esperanza pasara por que el helicóptero de la guardia civil sobrevolara el claro al que accediésemos. No había claro donde llegamos, ni más luz que para decidir dónde quedarnos. Unos matorrales se curvaban dejando un hueco suficiente para resguardar pechos y cabezas. Cortamos las hojas más secas y tiernas a que tuvimos alcance, y preparamos un triste resguardo de la tierra en que habríamos de pasar la noche.

Era tiempo de parar. Hasta ahí todo había sido un esfuerzo permanente, una lucha contra la angustia, una preocupación, una tensión por los niños. Iván supo que no podía quejarse por las rozaduras y que el cansancio no era una opción. Juan Jesús supo que tenía que ir siempre delante, cinco años mayor que su primo. Pero ya era tiempo de parar. De parar y de esperar, de esperar a que amaneciera. De esperar de pie cuanto aguantáramos. No eran las siete de la tarde, y la noche sería, encogidos unos contra otros, tan larga como fría.

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17 enero 2011 - Posted by | Sin categoría

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