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Crisis de valores

Padecemos una crisis de valores. No es que los valores hayan entrado en crisis; no venimos de tiempos mejores. Es que los valores, los hegemónicos, han provocado la crisis; esos valores (la mentira y la ocultación, la grandilocuencia vacía de contenido, el afán de notoriedad, el partidismo sectario, el abuso de autoridad, el ascenso sin mérito, el cortoplacismo, la preeminencia del tener y el aparentar…) nos han traído aquí y nos llevan a tiempos peores. Los valores, esos valores, no son los de los políticos, los banqueros y cuantos agentes tóxicos han traído estos lodos. Los políticos, los banqueros… son personas, conciudadanos, vecinos; ellos somos nosotros, fontaneros o funcionarios, mecánicos o maestros, peatones o conductores, andaluces o catalanes, alemanes o españoles. Y las personas no somos buenas ni malas, honestas ni deshonestas, egoístas ni altruistas. Unas lo somos más que otras, y todas tenemos la ocasión de revelar cómo somos (cuáles son nuestros valores o principios rectores del comportamiento) en tanta mayor medida cuanta mayor es la facilidad para adentrarnos en la senda del mal; es lo que les ocurre a las personas que se dedican a la política institucional o a las finanzas. Quienes en esas lides actúan corruptamente (lo que nunca reconocen y siempre redefinen; rara vez se disculpan y suelen decir que tienen la conciencia tranquila) difícilmente van a tornarse honestos, buenos en el sentido machadiano de la palabra bueno. Son las instituciones y los procedimientos los que han permitido aquellos polvos. Dado que el anarquismo se ha demostrado incompatible con el ser humano reunido en grandes colectividades, son las instituciones y los procedimientos, corregidos y/o sustituidos, los que han de dificultar y penalizar, si no impedir, los comportamientos deshonestos, la primacía de los valores corruptos. Eso es a fin de cuentas el Estado de Derecho, un mecanismo de resolución pacífica de conflictos que dificulta el ejercicio arbitrario del poder, también del poder económico. Tantos decenios desde 1789 y desde 1812… y aun estamos en la tarea, interminable, de mejorarlo. Quien manda manda que no se sepa ni se haga; el subalterno de quien manda así lo legisla, lo sentencia y lo ejecuta, y así, también, lo difunde por sus medios de comunicación a las masas. Por ellos, cuantos menos pesos y contrapesos, mejor. Por supuesto, no hay transparencia ni impera el habermasiano mejor argumento, y el ágora se cerca de policías para expulsar a la ciudadanía, cómplice, por otra parte, en la medida en que ha sido cómplice (cuando no partícipe) de tantos desmanes. Nuestro sistema es poco eficiente y nuestra democracia es poco democrática; su legitimidad no deja de ser legal-racional, no parece ser sino legal-racional, y de ello se jactan algunos enarbolando la bandera de la mayoría silenciosa. El Siglo de las Luces está por llegar.

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28 septiembre 2012 - Posted by | Sin categoría

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